Reflexiones del rabino Marcelo Rittner en “Aprendiendo a decir adiós"
Cuando llegan esos momentos en la vida donde experimentamos dolor emocional por alguna pérdida, nos cuestionamos ¿para qué me sirve este dolor?,¿cómo me lo puedo quitar? Creemos que es un estorbo o una enfermedad de la que hay que huir.
Tu dolor tiene un propósito: ayudarte a sanar. Solamente sintiendo la pena es posible la recuperación.
Atravesar el dolor nos lleva al corazón mismo de la vida. Solamente nos duele perder aquello que hemos amado; el amor y el dolor están íntimamente conectados.
El dolor es universal, tarde o temprano, todos realizamos el viaje de la soledad del dolor, pero esta travesía hará de ti una persona nueva.
Desde la oscuridad que nos domina empezamos a entender que el tiempo solo, no cura. Es la lealtad a la vida la que cura.
El tiempo es neutral, es lo que hacemos con el tiempo lo que nos cura.
Uno de los principales obstáculos para curar el dolor es el enojo.
Cuando la pena golpea, tenemos la opción de hacernos mejores o más amargos.
En ocasiones, es mediante un dolor o una pérdida que podemos encontrar un propósito o una dirección. Obtenemos la sabiduría para apreciar la belleza de los momentos, la importancia de una relación y el significado de la vida.
El dolor nos hace ir más despacio para poder saber quiénes somos realmente y para qué.
El dolor puede despertar dentro de cada uno nuevos valores y una apreciación más profunda de las personas, de las cosas, de la vida. Puede ayudarnos a replantear nuestras prioridades, puede hacernos más sabios.
Si bien lo negativo del sufrimiento es que como la muerte, es para siempre, lo positivo es que el crecimiento y el cambio que ofrece también son para siempre.
El dolor es el maestro que nos enseña la empatía, la sensibilidad, la compasión.
Un viejo sabio afirmó “no hay nada más entero en todo el mundo como un corazón roto”.
1 comentario:
no sabes cuanto siento eso
me gusto leer eso mucho
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